Relato de un secuestro

Basado en la canción de Nacho Cano

Su lengua le recorrió el cuello haciendo que él gimiera de placer y ella sonriera perversamente. Siguió bajando sin dejar de lamerle un segundo, saboreando toda su piel. Llegó a la zona de la ingle y le miró a los ojos, él le devolvió la mirada para pasarla después al cabecero donde tenía las manos atadas por unas esposas, volvió a ella y observó cómo se lo introducía en la boca haciendo que su cuerpo fuera recorrido por una chispa electrificante que le producía echar hacia atrás la cabeza.
Abrió levemente los ojos y volvió a verlas, esas esposas que siempre le ponía, bien sabía que a ella le gustaba llevar el control pero comenzaba a echar de menos poder tomarle de la cabeza en aquel momento, llevarle el ritmo, obligarla a tomar la profundidad total de su boca…echaba de menos tener el control.
—Desátame…por favor—suplicó en medio de un jadeo.
Ella la sacó muy despacio de la boca, agarrándola perfectamente con sus labios.
—No—le contestó mientras movía la mano—el juego es así, lo sabes, me gusta verte…indefenso, gimiendo de placer mientras soy yo la que disfruta de ti, soy yo la que decide lo que se hace y en qué momento—paró los movimientos de la mano—por ejemplo ahora, me he cansado de darte placer, quiero que seas tú quien me lo dé ahora.
Le dijo mientras se incorporaba y se lo acercaba a su boca.
Cuando consiguió llegar al orgasmo se colocó sobre la ingle, dándole la espalda y se lo introdujo despacio, llevando ella el ritmo, la cadencia de los movimientos de su cadera y la de él, acariciándose ella, llevándole hasta el extremo del éxtasis…
—Algún día seré yo quien te ate con las malditas esposas—le dijo mientras se frotaba las muñecas.
—Algún día—le contestó ella con una risa sarcástica—en el fondo te encanta que sea yo la que manda—le dijo tras darle un beso.
—¿Dónde vas ahora?
—Voy a correr un rato, con el día que he tenido en la oficina no he podido hacer ejercicio y no quiero perder el ritmo.
—Es muy tarde, me preocupa que salgas a estas horas.
—No te preocupes, simplemente daré un par de vueltas a la manzana—miró el reloj de encima de la mesita—estaré aquí en veinte minutos, no te preocupes.
Hizo un par de estiramientos en la calle, se preparó el MP3 y comenzó el jogging. Entonces se acercó por detrás una furgoneta, no le dio importancia parecía de reparto, pero a su altura se detuvo bruscamente, salió un hombre encapuchado de ella y se le abalanzó. Intentó defenderse pero era mucho más fuerte, la tomó por detrás y le puso un pañuelo en la boca, después sólo hubo oscuridad.
Cuando abrió los ojos y éstos se acostumbraron a la poca luz que procedía de una vieja bombilla, se dio cuenta que estaba en un espacio pequeño ¿cuánto mediría? ¿Dos por dos? Se encontraba tumbada sobre un catre, observó el pequeño espacio con más atención, al lado del catre había una vieja estantería con latas y al otro lado una puerta de hierro con un pequeño ventanuco.
Se sintió desvalida y luego pensó en él, llamaría a la policía cuando se diera cuenta que no acudía y no contestaba al teléfono, estaría preocupado y si pedían rescate, lo pagaría, pidieran lo que pidieran, el dinero no era problema y estaba segura que él la amaba y haría lo imposible por salvarla, por tenerla de nuevo a su lado.
Escuchó un ruido tras la puerta, se refugió en el catre subiéndose a el y abrazándose las piernas, escondiendo el rostro para que no vieran que estaba llorando de impotencia.
Entró un hombre vestido totalmente de negro, con un pasamontañas que le ocultaba el rostro. Le lanzó un periódico y sacó una cámara de fotos.
—Tómalo—le dijo con la extraña (voz ¿extraño tono?) que le otorgaba un módulo de (voz)—tu marido querrá saber que estás viva.
Ella lo tomó temblorosa.
—Por favor, no me hagan nada, mi marido pagará lo que le pidan. —Comenzó a notar que las lágrimas resbalaban por las mejillas.— Por favor…él pagará.
Le hizo la foto, tomó con brusquedad el periódico y la dejó sola.
Llevaba dos días metida en aquel pequeño espacio ¿qué habría ocurrido? ¿Por qué no la liberaban? ¿Acaso su marido no había pagado el rescate? Aquellos pensamientos comenzaban a volverla loca.
—Seguro que la policía le ha dicho que no pague—se dijo para darse ánimos—seguro que es eso, él me ama y pagaría el rescate sin pensarlo.
Escuchó que alguien se acercaba a la puerta, seguramente sería hora de comer y le acercaban algo, abrirían el ventanuco de la puerta y le tirarían un bocadillo y una botella de agua como habían hecho esos días que llevaba allí. Pero la puerta se abrió, entró un hombre ¿sería el mismo o había más de uno?
Se acercó a ella, la tomó del cabello para levantarla y le rompió la camiseta que llevaba.
—¡¡No!! ¡¡Por favor no me haga daño!!—le gritó.
Pero él desoyó los gritos, le arrancó el sujetador y comenzó acariciarle los senos. Ella intentó zafarse de aquellas manos pero recibió un puñetazo en la cara que la tiró al suelo, él la levantó por el cabello y volvió a golpearla. Notó como terminaba de despojarla de la ropa que le quedaba y aunque quería gritar, su cuerpo se había quedado sin fuerzas tras los golpes, sólo podía notar las embestidas y las lágrimas quemarle las mejillas.
Aquel episodio se repitió varias veces, le habían ultrajado de diferentes formas, le habían pegado e incluso le llegaron atar las manos al catre para violarla. También llegaron hacerle varias fotografías después, rezaba porque no se las enviaran a su marido, porque no lo torturaran de esa forma… ¿por qué la policía no le dejaba pagar el rescate para que eso se acabara?
Volvió otro hombre… ¿o era el mismo? Seguía sin saber cuántos eran porque todos vestían igual y llevaban un aparato que distorsionaba la voz. Le ató las manos con unas esposas al cabecero de la cama para que no luchara contra la violación…ya daba igual, estaba cansada de seguir luchando, sólo quería que aquello acabase y mientras sentía como era ultrajada se le ocurrió la idea de cómo podría escapar.
Durante un par de días guardó el orín en las latas que había en la estantería, como pudo peló los cables de la bombilla, los fue arrancando de la pared para poder bajarlos al suelo y espero.
Estaba nerviosa, sujetando las latas en sus manos, notaba como temblaba su cuerpo pero estaba atenta a cualquier ruido, podría huir y vengarse…entonces le oyó.
Alguien que abría la puerta, alguien vestido de negro, con la cara tapada que vendría de nuevo a ultrajarla.
—¿Qué coño pasa con la luz?
Esa fue su señal.
Lanzó el líquido de las latas al suelo y cuando él pisó, hubo chispazos, distinguió como aquel cuerpo convulsionaba a causa de la electricidad que atravesaba su cuerpo y cuando todo se calmó…bajó despacio del catre.
Se dirigió corriendo a la puerta, se encontró con una escalera que terminaba en otra puerta y salió despacio, necesitó unos segundos para que sus ojos pudieran acostumbrarse a toda la luz que había…entonces se sintió confusa.
Conocía aquel lugar, conocía aquella cocina a la que había salido, conocía las fotos que había en la puerta del frigorífico, conocía…volvió sobre sus pasos al agujero del que había conseguido huir.
Se acercó lentamente aquel cuerpo para quitarle el pasamontañas y se le heló la sangre.
Aquel hombre que durante días le había golpeado, aquel hombre que le había violado de las formas más humillantes, aquel hombre que le había quitado la libertad, que le había hecho perder la esperanza, que le había encerrado en aquel minúsculo espacio, aquel hombre que la había aterrorizado, aquel hombre…era su marido.

2 comentarios:

MARIAN dijo...

¡qué pasada! lo he leido sin poder parar.
buen relato
un saludo
marian

milady de winter dijo...

Muchas gracias por tu comentario y por pasarte por aquí.
Te recomiendo que sigas leyendo los relatos y ya me dirás qué te parecen.