Pecados capitales.Ángeles


Lucifer apareció en el conocido monte donde fue crucificado aquel hombre al que llamaban hijo de Dios.
Miró la ciudad, altivo, soberbio, despreciando los mortales que discutían bajo su mirada, ambicioso por las almas que se corromperían frente a sus generales y sus huestes. Se giró para volver a ver el lugar exacto donde se puso aquella cruz que durante milenios acompañó a las personas de fe.
Volvió aparecer frente a él, imponente, llena de su sangre, con el cuerpo agonizando y aquella mirada perdonando a los que le condenaban, aquella mirada que se alzaba al cielo y pedía perdón por los que le estaban matando para luego posarse sobre él, haciéndole recordar su plática en el desierto, sonriéndole, haciéndole ver que no había ganado y que la humanidad tenía perdón.
—¿Merece la pena?
Su pregunta se perdió en el primer trueno que sonó, el cielo se oscurecía, los mortales corrían para salvar sus pobres vidas, un terremoto asolaba la tierra, la ira de Dios caía sobre ellos.
—¿Merece la pena morir por estas gentes?—gritó de nuevo y de nuevo su voz se perdió con un trueno—¿Por qué no me permites que él conteste? ¿Acaso temes la respuesta que me pueda dar? ¿Acaso temes que no quiera sacrificarse por ellos?
Como respuesta, truenos rompiendo la Tierra, relámpagos cayendo amenazantes a su alrededor y ver como aquel hijo moría.
—¿Así luchas conmigo?, ¿sacrificando al que dicen es tu hijo?
Silencio.
Sacudió la cabeza para espantar los fantasmas del pasado.
—¡Hola!
Una dulce voz le hizo girarse, delante de él había una niña de cabellos dorados y grandes ojos azules, piel color nácar, labios finos que se curvaban en una sincera sonrisa, una figura pequeña perfilada por una extraña luz.
—¿Por qué te escondes bajo esa apariencia?
—Bien sabes, amigo mío, que a los serafines no nos está permitido mostrar nuestra verdadera imagen, sólo Él puede verla.
—¿Aún me llamas amigo?
—¿No lo eres?
—Luchamos en bandos distintos ahora, tú intentas salvarlos…yo condenarlos— Lucifer señaló la ciudad — Siguen siendo sus favoritos, una y otra vez les da oportunidades para salvarles, una y otra vez esos estúpidos caen en las tentaciones que mis demonios les ponen delante de sus narices, se dejan engatusar por mis súcubos, se dejan caer por sus más bajos instintos y Él sigue perdonándolos…sigue dándoles oportunidades vacías de sentido puesto que yo sé — se giró para volver a mirar al serafín— y tú también lo sabes, que no tienen derecho a ser perdonados.
“Son crueles, lujuriosos, ambiciosos y únicamente rezan cuando se ven perdidos, sólo acuden a Él cuando me ven a MÍ ante sus ojos, cuando saben que caerán en el castigo merecido, cuando saben que sólo pidiendo el Perdón, renegando de todo lo que han hecho, arrepintiéndose sinceramente de todos sus pecados…¡¡ÉL!!, Él les perdonara y les dejará entrar en su reino.”
El serafín se sentó sobre una roca, colocó su túnica con cuidado, se apartó unos cabellos rebeldes y sonrió a Lucifer.
—Siempre les odiaste —habló con calma — aún sin entender de donde te vino ese odio, Él siempre te amo, fuiste al que más quiso, fuiste el más bello de su creación y…caíste, te dejaste atrapar precisamente por todos los sentimientos que odias en ellos—Lucifer frunció el ceño, mostró sus colmillos como un perro rabioso, le molestaba que le compararan con la humanidad, ¿en qué se parecía a esos débiles?—Alimentas tu Reino con ellos — prosiguió el serafín — es cierto que muchos no pueden ser salvados, por eso caen en tus dominios y Él, aunque no lo creas, sufre por tí, no por las almas que puedes arrebatarle, que son pocas, si no por tí. Porque ve que no eres feliz, porque sigues sin entender porque te amaba, su amor hacía ellos, porque sigues sin entender su obra.
— ¿Su obra?—Lucifer rió haciendo que la tierra temblara bajo sus pies—¿Cuál ha sido su obra?, ¿salvarles de mí?, ¿sacrificar a un humano al que hizo creer que era su hijo?
—Hablas con desdén, hablas con la soberbia que te corrompió, hablas sin entender…estos años no te han enseñado nada.—el serafín se bajó de un leve salto de la roca y se dirigió andando perezosamente a Lucifer— Amigo, debes mirarlos sin soberbia, sin mirar por encima de ellos, debes verlos como Él los ve y podrás amarlos…y seguramente amarte a ti mismo y ser feliz.
El serafín tomo su mano entre las suyas pero Lucifer le apartó.
—¿Intentas engatusarme?
El serafín rió llenando con aquel mágico sonido el lugar, haciendo crecer verde hierba, florecer pequeñas flores, haciendo que las gentes que se encontraban cerca sintieran el perdón en su corazón.
—¿A qué tienes miedo Lucifer?
—Bien sabes que a nada
—¿Seguro? Porque yo veo miedo en tus ojos, veo miedo en tus palabras y veo miedo en tus actos por eso has mandado a tus demonios a recolectar almas.
Lucifer le miraba, sus palabras eran ciertas, tenía miedo a lo que Él le había dicho en su caída:
“—desaparecerás de la memoria de los hombres y tu espíritu se desvanecerá en la Nada”.(Pecados capitales. Prólogo)
—Y si tuviera miedo, ¿qué?—le dijo mirando desafiante—¿Él va a venir en mi ayuda?, ¿acaso te ha enviado a que me ayudes?¿Perdonará mi caída, al igual que a ellos les ha perdonado siempre?
—Sigues envidiándoles, sigues envidiando que Él les ame.
—No, no es eso, nunca les envidié pero nunca entendí que a ellos les perdonara todas sus faltas y en cambio a mí… dejó que me condenara.
Me dejó vagar por la Tierra como un moribundo, como el ángel caído que soy, me dejó pasar penurias, llorar las lágrimas amargas que ellos tienen, sentir el mismo miedo que ellos a la oscuridad y al no saber lo que sucederá mañana, dejó que la ira y la violencia se posaran en mi corazón, dejó que la lujuria me invadiera y poseyera a Lilim, naciendo así mis hijos y convirtiéndose ella en lo que hoy es.
Para mí no había perdón, para mí no había ninguna salvación, no había un sacrificio de un hijo, para mí no había nada y para ellos todo.
—Hablas con demasiado desprecio hacia Él y hacia ellos, no puedes tener su perdón y lo sabes, cometiste la mayor de las faltas…
—¿Cuál?—gritó—¿Qué falta tan grande cometí?, ¿tener dudas?, ¿cuestionarme sus actos?, ¿perder la fe que tenía depositada en Él?...¿QUÉ?
El cielo rugió con aquel grito, los truenos llenaron el cielo y de nuevo, como varios milenios atrás, los relámpagos rodearon a Lucifer.
—Él nos ha oído…no debería haber venido…ahora seré castigado…
—¡¡No!! ¡¡No puedes irte ahora Daszëlh!!
Daszëlh desapareció entre un gran haz de luz.
Lucifer se dejó caer abatido en el suelo, aún rodeado por los relámpagos.
—¡¡MÁTAME!! ¡¡ACABA CONMIGO!! ¿¿ACASO NO ES LO QUE QUIERES, QUÉ DESAPAREZCA??— brotaron amargas lágrimas de sus ojos quemando sus rojas mejillas— Acaba con esto de una vez—susurró—acaba con el sufrimiento que hay encerrado en mi corazón…¡¡SI TAN PODEROSO ERES, ACABA CON MI REINO, ACABA CON MI OBRA...ACABA CONMIGO!!—truenos—¡¡HAZLO AHORA!!
Lilim se acercó sigilosa a su señor.
—Vamos Lucifer, no sigas con esta tortura—le ayudó a levantarse del suelo—debemos volver a nuestro reino, tus generales te esperan, las almas que son tuyas y te pertenecen por derecho, esperan su castigo…ven conmigo y olvídale a Él.
Lucifer la miró derrotado, la amaba y eso le hacía sentir aún peor, eran sentimientos humanos y se odiaba por ello, se volvía débil igual que los humanos.

La cortesana


Los guardias acudieron al grito de Elisse, entraron en el dormitorio abriendo la puerta con un fuerte empujón teniendo sus armas en alto por si algún revolucionario había logrado entrar en la estancia sin que ellos pudieran haberle visto, en los tiempos que corrían, sublevándose el pueblo, ningún hombre de la corte estaba a salvo.
Dentro de la estancia sólo encontraron a Elisse junto al tálamo llorando y cubriéndose a duras penas con una sábana, su señor, el Duque de Dubois, se encontraba tumbado sobre el tálamo, desnudo y sin vida.
—¿Qué ha ocurrido señora?
—No lo se—contestó Elisse limpiándose las lágrimas—estábamos disfrutando en la cama, cuando comenzó ahogarse, y…y…luego…—Elisse comenzó a llorar de nuevo, dejándose caer sobre el frío suelo.
Uno de los guardias se acercó a su señor para cerciorarse de que se encontraba muerto, miró a uno de sus compañeros algo confuso.
—Id a buscar al médico, deprisa.—Se acercó a Elisse y le ayudó a levantarse—Mi señora, vestíos antes de que llegue el médico pero no os mováis de aquí hasta que el médico no nos diga que ha ocurrido.
Elisse miró al guardia y tomó su mano para levantarse.
—¿No pensareis que yo…?
—Señora, hasta que el médico no diga lo contrario, he de pensar que vos le habéis matado.
Elisse tomó sus vestiduras afligida.
—Yo sólo…—comenzó a decir entrecortadamente—sólo le estaba ofreciendo mis favores, como hacemos las cortesanas de la corte, yo no…no lo he matado, ¿cómo podría?...Se ha ahogado, de repente mientras me poseía ha comenzado a…
Comenzó a llorar de nuevo bajo la estricta mirada de los guardias mientras continuaba vistiéndose.
El médico llegó acompañado del guardia, llevaba una capa de abrigo sobre el camisón y en su cara se veía la preocupación por su señor. Se acercó al tálamo mirando con desprecio a la cortesana, únicamente sabía lo que el guardia le había explicado a trompicones pero estaba seguro que ella tenía algo que ver. Examinó a su señor despacio, buscando alguna herida de arma o una punción de un alfiler para inocularle un veneno, no encontró nada, por lo que pasó a olerle la piel, el aliento, le examinó los ojos, inspeccionó la sala buscando copas…nada, no encontró nada que pudiera indicarle que su señor había sido envenenado por la cortesana.
—¿Y decís señora, que simplemente se ahogaba?—le preguntó con desdén.
—Sí, mi señor—contestó ella sin levantar la vista—comenzaba a…a…—Elisse se ruborizó—a penetrarme, señor, cuando comenzó a faltarle el aire y se desplomó sobre la cama.
—Ya veo—el médico se atusó la barba—no parece que le hayáis envenenado…
—¿Cómo podéis pensar que yo?
—¡Calla mujer! Aún no he acabado—carraspeó—Cómo decía no parece que le hayáis envenenado puesto que no hay indicios de ello en todo su cuerpo o en la estancia y por lo que decís, creo que simplemente su corazón ha dejado de latir, de ahí el ahogo. El Duque era un hombre mayor que no dejaba de lado sus vicios y sobre todo el poder yacer con una joven tan hermosa como esta cortesana.
El médico, recogió sus cosas, dio instrucciones a los guardias para que avisaran a los criados y que vistieran a su señor y miró de nuevo a Elisse. Se acercó a ella, pasó su vieja mano por su rostro joven y le susurró al oído.
—Yo no soy tan viejo y además, guardo unas raíces orientales que me dan vigor, venid mañana a mi dormitorio y podremos disfrutar de una gran velada.
Elisse le sonrió ruborizada y le dio un casto beso en una mejilla para cerrar el pacto.
Se echó su capa de terciopelo púrpura sobre el cuerpo y tapó su rostro con la capucha, siguió a uno de los guardias que la acompañó hasta el coche de caballos que la llevaría de vuelta a su casa. Ella subió despacio, afligida por los acontecimientos, dentro le dijo al conductor donde llevarla, miró el palacio por última vez, sabía que no regresaría nunca a él y sonrió satisfecha, había cumplido su venganza.
Por el camino recordó como el Duque había matado a toda su familia, pudo volver a ver desde la lejanía que daba la memoria su casa incendiada, los gritos de su madre mientras la violaban bajo la mirada vacía de su padre muerto. Pudo sentir de nuevo las manos presurosas de su padre subiéndola al caballo más veloz que poseía, cuando observó la nube de polvo que el Duque y sus hombres levantaban acercándose, las lágrimas de su madre despidiéndose de ella y diciéndole todo lo que la amaba. Volvió a sentir la piel sudada del caballo, su corazón acelerarse en el galope, los gritos que venían de su espalda y las lágrimas que quemaban sus jóvenes mejillas.
Vagó, vagó durante mucho tiempo sola, desfalleciendo de hambre y de pena, hasta que la vieja meretriz la acogió en su casa. Al principio no hablaba, acometía las órdenes que se le daba para poder comer y veía como los hombres iban y venían de aquella casa donde las mujeres le daban órdenes, abrazos y consejos.
Recordó como la meretriz la acunó innumerables noches de llanto y como se armó de valor para contarle su triste historia, que quería justicia y venganza para su familia.
La meretriz la observaba callada, el pequeño cuerpo que había acogido en su casa se había convertido en un preciado tesoro por el que los hombres estaban dispuestos a pagar grandes sumas de monedas y disfrutar del joven cuerpo que veían limpiando por la casa. Poseía una gran belleza, los hombres serían capaces de dejarse hipnotizar por sus ojos almendrados color esmeralda , llenarían sus labios de color fuego de apasionados besos, se perderían en la redondez de sus pechos, en las curvas sinuosas de su cuerpo, aspirarían el dulce aroma que desprendía, acariciarían su largo cabello rubio, lo enredarían en sus dedos y observarían embelesados como lo soltaba sobre su suave espalda, dejándose llevar por el brillo que robaba a la tenue luz de las velas en los dormitorios donde la poseerían extasiados, por el dulce sonido de sus jadeos, que los atraparía aún más que sus piernas.
La vieja meretriz le enseñó a dominar el arte del sexo, enseñándole como hacer enloquecer a un hombre o como tenerlo a su merced, sólo por el hecho de querer introducirse entre sus piernas. Contrató a los mejores maestros para que la instruyeran en el arte de escribir, de leer, de la dialéctica, que le enseñaran sobre literatura, arte, poesía, política…la estaba convirtiendo en la mejor cortesana que el mundo pudiera conocer.
Recordó cómo pudo entrar en el Palacio Real gracias a los contactos de la vieja meretriz, cómo era escuchada por la corte, cómo el rey le pedía consejo sobre política o como los nobles conspiraban contra él, el pueblo se sublevaba por hambre y la corte se desmoronaba.
Recordó como el viejo consejero del rey, el Duque de Dubois, se había acercado a ella tiempo atrás, cautivado por su belleza, embelesado por la dulzura de su voz, lo que envidiaba al rey por poder poseerla todas la noches siendo objeto de los celos de la reina y del resto de las cortesanas.
Recordó como aquella noche le había recogido el mismo coche de caballos en el que se encontraba, cuando salía de la fastuosa fiesta real. Cómo había sido llevada hasta el palacio del Duque, cómo había sido recibida en el gran salón por él, cómo había ensalzado su belleza, su inteligencia y lo mucho que le había cautivado desde que la oyera recitar poesía.
Se dejó guiar hasta los aposentos privados, llenos de grandes cuadros sensuales, de aromas orientales y sábanas de seda.
El Duque la miraba embelesado mientras ella se despojaba de sus ropajes, despacio deshace las ataduras de su vestido, dejándolo caer al suelo. Se quita las medias con delicadeza, posando su pie en la pierna del Duque, éste le acaricia con deseo, levantándose la toma y la echa en la cama.
Llena su boca de lujuriosos besos, arranca cómo puede el corsé que tiene atrapados los pechos que él quiere lamer, morder, saborear, sentir como se endurecen sus pezones bajo su lengua. Recorre con placer su vientre y toma entre sus labios ese botón que sabe que le da placer a las mujeres, lo lame y juega con él arrancándole a ella grandes jadeos, grandes suspiros y sabe, por sus jugos, que disfruta.
Ahora es ella quien toma el control, quien recorre sus piernas con la lengua para llegar a sus genitales que lame despacio, recorriéndolos hasta introducirse su pene en la boca y comenzar a sacarlo y meterlo despacio sabiendo que hace enloquecer a los hombres.
Cuando intuye que el Duque está a punto de llegar al orgasmo, se sube sobre él y se introduce su pene.

—Sois una criatura bellísima—le dijo depositando un beso en uno de sus glúteos—nunca pensé que fuera posible tanto placer.
Ella se giró para sonreírle y depositarle un suave beso en los labios.
—Mi señor, fui educada por la mejor meretriz, me enseñó muchos secretos para que los hombres disfrutaran.
—Os enseñó bien, señora.
—Aunque no fue en lo único que me instruyo—dijo levantándose del tálamo—hizo que me enseñaran todas las artes y otra más…útil para una mujer que se mueve por venganza.
—¿A qué os referís?—el duque se incorporó para observarla mientras se acercaba a una de las sillas
—¿Recordáis a un labrador que vivía en vuestras tierras?
—Hay muchos.
—Sí, pero este era libre y poseía un trozo de tierra que vos codiciabais por la caza, era un trozo de tierra extenso de bosque salvaje, lleno de ciervos, jabalíes y aves…
—Me…me ahogo…¿qué me ocurre?
—¡Ah! Veo que comienza a hacer su efecto—miró al duque sentándose tranquila—cómo os he dicho antes, le meretriz me instruyo en otra artes, la del veneno. Me enseñó cuales eran más mortales, cuales no se detectaban por su olor, y por supuesto, sus antídotos…cómo este.
Le mostró un pequeño frasco que contenía un líquido de color ámbar.
—Me…me habéis…envenenado…¿cómo?...aaaa…¿no he tomado nada?
—Sí, mis besos—le dijo sonriendo—y no deberíais hablar o no podré contaros quien soy, el veneno actúa rápido. Os hablaba del labrador poseedor de la tierra que codiciabais, llegasteis con numerosos hombres para matar a un pobre labrador al que no dejasteis ni que se defendiera, le matasteis por la espalda como el cobarde que sois. Violasteis a su mujer, vos y vuestros hombres, haciendo que muriera de los dolores y la vergüenza, quemasteis su casa para hacer que el crimen despareciera.
Y sí, habéis tomado mis besos, no me miréis así, el carmín que llevo está mezclado con un poderoso veneno que lo único que hará será mataros, pareciendo que vuestro viejo corazón ha fallado y podré salir impune, cuando vuestro cuerpo expulse su último aliento, comenzaré a gritar para que los guardias me oigan y vengan a ver cómo habéis muerto mientras me poseíais.
—…¿Por…por…?
—Os he dicho que no hablarais, sois tozudo mi señor—ella se acercó a él mientras tomaba el antídoto—¿queréis saber por qué? Porque ese labrador del que hablábamos era mi padre, porque me despojasteis de mi familia hace quince años y desde entonces, únicamente he soñado con este momento, el momento de vuestra muerte, el momento en que vengaría a mi familia y le daría la justicia que merece.
Se quedó mirando como el duque moría, llena de satisfacción y cuando comprobó que su cuerpo había expirado su último aliento, comenzó a gritar.

Bettie Page

No voy a contar nada sobre su vida, para eso está la wikipedia, pero de sobra sabemos que es la pin-up por excelencia,que gracias a Irving Klaw y Bunny Yeager, se convirtió en un icono sadomasoquista y que el personaje de "Clara de Noche" (Carlos Trillo,Eduardo Maicas y Jordi Bernet) está inspirado en ella.
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Felación


Te encuentras frente a mí, desprendiéndote de tu ropa despacio, dejando que me pierda en las curvas de tu cuerpo. Desabrochas los botones de la blusa que llevas, mostrándome despacio el sujetador que aprisiona tus pechos, veo tu vientre plano y mi lengua ya quiere recorrerlo.
Te deshaces de la falda dándome la espalda para que pueda observar que tus nalgas son separadas por una fina tela que se pierde entre ellas. Tus piernas están enfundadas en unas medias negras, cogidas en el liguero que te regalé en un aniversario.
Te vuelves para sonreírme, te acercas a mí muy despacio, sin dejar de mirarme directamente a los ojos.
Te arrodillas ante mí, deslizas tus sabias manos sobre mi pecho para llegar al pantalón, me sonríes con picardía, desabrochas con maestría el cinturón, bajas la cremallera y te deshaces de mis pantalones. Mis ojos no pueden dejar de mirar tus movimientos, aunque se pierden en la redondez de tus pechos aún prisioneros de tu sujetador.
Me acaricias sobre los calzoncillos, percibiendo como mi pene responde, das un pequeño beso, un leve mordisco y luego me miras, sigues sonriéndome. Te deshaces de los calzoncillos.
Tomas entre tus manos mi pene, exhalo mi primer suspiro y cierro los ojos para perderme entre tus caricias. Noto como tu lengua recorre mis testículos, ¡me encanta cuando haces eso! Me los recorres de abajo hacia arriba, muy despacio, saboreándolos, los lames y los chupas, arrancándome más suspiros.
Tu mano juega con mi pene, acariciándolo de arriba abajo, abajo arriba.
Percibo tu lengua subir y tus labios rodear mi pene. Te miro, me encanta verte mientras me regalas tu boca. Puedo ver y sentir cómo mi pene entra y sale de tu boca y tu mano me acaricia los genitales.
Observo como tu otra mano se ha perdido entre tus piernas, tus pezones están duros a través de la tela. Cierro los ojos, no puedo mantenerlos abiertos mucho tiempo mientras estás entre mis piernas.
Comienzas acelerar el ritmo, jadeo, ayudas a tu boca con la mano, pongo las mías sobre tu cabeza para dominar tus movimientos, necesito que vayas más deprisa. Descargo dentro de tu boca, entre un fuerte suspiro de placer.
Me dejo caer agotado sobre el sillón mientras te miro, te levantas despacio, sonriéndome, te encanta que me vaya en tu boca. Caminas hacía la cama y te tumbas boca arriba, me invitas con una mano a ir a tu lado.
Me levanto sonriéndote.

Pecados capitales. Avaricia


Dolor, era lo que su cuerpo le transmitía, un gran dolor pero sus cuerdas vocales se negaban a gritar, algo le quemaba las entrañas, intentó abrir sus párpados para darse cuenta que no existían y podía ver.
Se encontraba dentro de un líquido que la estaba quemando, veía como su piel se ennegrecía, se convertía en una gran ampolla, desaparecía dejando al aire el músculo, los huesos y de nuevo aparecía la piel para volver a quemarse y llenarla de dolor.
Entonces todo se calmó, el dolor desapareció, su piel ya no se quemaba, sus entrañas no ardían y pudo gritar.
—¡¡Deja de gritar o volverás al aceite!!—¡¡Un demonio!! Era lo que le había sacado del dolor pero… ¡Dios! ¿Dónde estaba?— Jajajaja, Dios no tiene cabida en este lugar, aquí manda el Príncipe y uno de sus generales desea verte.
Fue llevada a través de varias grutas, de varios castillos aterradores, de varios círculos de fuego, podía ver a decenas, centenares, millares e incluso millones de hombres y mujeres ser arrojados a diversos castigos. Algunos gritaban el perdón, otros gritaban de dolor y otros, los menos, desaparecían… ¿por qué? ¿Qué sabían esos hombres o mujeres que ella no sabía para salir de aquel espantoso lugar?
—Dile a Mammón que traigo lo que me pidió.
El demonio la empujó dentro de una sala, hizo un movimiento con sus manos y sus pocas ropas desaparecieron. Sara intentó taparse pudorosamente ante la risa del demonio.
—¡Bienvenido Bräel! ¿Es esta la mortal que te pedí?
—Sí mi señor.
La empujó delante del otro demonio que se encontraba tumbado en una especie de cama-trono ostentoso hecho de oro, diamantes y otras piedras preciosas. Estaba rodeado de bellas mujeres desnudas que no paraban de llorar y, que como ella intentaban tapar sus vergüenzas siendo una tarea imposible, puesto que el demonio una y otra vez las castigaba con un manotazo o una pequeña quemadura en sus brazos. El demonio se deleitaba en acariciarlas, en lamer sus pechos o sus entrepiernas, jugaba con sus dedos y su cola puntiaguda en sus cuerpos haciendo que alguna se excitara, aunque no dejaba de llorar.
Miró a Sara levantándose, bajó los cuatro escalones que separaban su cama-trono y paseo a su alrededor observándola como si fuera un caballo, paseó sus manos sobre la piel haciendo que ella diera un respingo de miedo, acarició con su cola su entrepierna, posó sus rojos dedos sobre su boca, manoseó sus senos viendo cuánto tiempo tardaban en ponerse duros los pezones, acarició y olió su cabello.
—Eres apetecible—comentó mientras volvía a su cama-trono—quiero convertirte en parte de mis huestes, serás uno de mis generales cuando Isdrel te forme y subirás atraer a numerosas almas para mí. Tienes las cualidades que busco y tu avaricia te ha llevado frente a mí.
— ¿Cómo he llegado aquí?—su voz sólo era un susurro—No recuerdo más que a Héctor y a Dris… y… y… unos ojos, llenos de ira, de odio, llenos de violencia, que se introducían en mi alma, me arrebataban mis pensamientos, mis sueños y esperanza… y me abrasaban.
Mammón rió, inundando toda la estancia con su carcajada.
—¿Estos?
***
Se miró al espejo, se veía bien con el top tipo corsé que se había puesto y que dejaba ver dónde se juntaban sus grandes pechos, los pantalones se ceñían perfectamente a las curvas de sus caderas, soltó su pelo rojizo y ondulado de la prisión del coletero, dejando que cayera suavemente sobre su espalda.
Sí, realmente se veía muy bien, apetecible era la palabra que buscaba.
Se despidió de su gato, cerró la puerta de su apartamento y entró en el ascensor, dentro se encontraba su vecino de arriba, que descaradamente posó sus ojos sobre sus pechos. Saludó al portero de su edificio y mientras salía por el portal, notó su mirada sobre su culo.
Sabía perfectamente que los hombres la devoraban con la mirada e imagino que se morían por llevar a cabo sus más perversos instintos en su cuerpo, recrear con ella sus secretas (e incluso algunas oscuras) fantasías. A ella le gustaba saberse musa de aquellas fantasías aunque sólo unos pocos privilegiados habían tenido oportunidad de poseer su cuerpo.
Sabía escogerlos, no se fijaba en hombres incultos o que físicamente no estuvieran bien y miraba sobre todo su poder adquisitivo, si no tenían dinero, no interesaban. Le daba igual que estuvieran casados o tuvieran novia, si a ella le gustaba iba a por él sin miramientos y, por supuesto, la elegían a ella, ya que no le importaba hacer en la cama lo que sus remilgadas mujeres o novias se negaban una y otra vez. Había cumplido muchas de las fantasías de sus amantes y también suyas, aunque al final muchos de ellos la habían abandonado (presionados por sus esposas) o ella los había abandonado por aburrimiento y en muchos casos, porque no llegaban al poder adquisitivo que ella ambicionaba.
Cuando llegó a la oficina, saludó con una sonrisa al viejo guardia de seguridad y se dirigió a la máquina de café donde estaban el resto de secretarias. Se comentaron todo el trabajo que tenían, criticaron a sus respectivos jefes, quedaron para comer y cada una se dirigió a su departamento.
Sara colocó sus cosas mientras su ordenador se encendía, entró en el despacho de Rebecca, le encendió su ordenador, le dejó abierta su agenda virtual para que pudiera ver, nada más llegar, las citas que tenía a lo largo del día y salió de nuevo a la máquina de café para sacarle un cappuccino. Allí se encontraba Héctor, el joven y prometedor abogado de la empresa.
Héctor le dedicó una atractiva sonrisa que ella agradeció con una buena vista de su hermoso culo.
—Hoy estás radiante.
—Gracias.
Se volvió al despacho de Rebecca para dejar el café sobre la mesa y volvió a la suya. Ojeó su correo electrónico, mandó alguno a sus amigos y se dispuso a esperar a Rebecca que siempre llegaba puntual, dándole ordenes antes que los buenos días. No la soportaba, se creía superior a todo el mundo, siempre mirando por encima del hombro y siempre tratándola como si fuera una inepta.
Cuando Rebecca le dijo que marchaba al bufete para recoger unos papeles del Señor González y le dejó varias funciones que tenía que desempeñar esa mañana, observó por detrás que Héctor se acercaba a su mesa y deseó que ella marchara cuanto antes. Vio como Elisa se le acercaba insinuante, cómo se acercaba demasiado a él para hablarle, cómo acariciaba su brazo mientras le hablaba y cómo no se le quitaba de la cara esa estúpida sonrisa suya. Sara ardió en celos.
—¿Te he dicho hoy que estás radiante?
—¿Se lo has dicho también a la engreída de Elisa?
—¡Vaya!—exclamó Héctor con una gran sonrisa—Nunca pensé que tendrías celos de alguien que no te llega a la altura del zapato
Sara le miró desde su silla, él se había acercado un poco más y podía oler su perfume, ese perfume que la envolvía y embriagaba. Jugó un poco con el colgante que llevaba, dejándolo caer una y otra vez sobre sus pechos para que la mirada de Héctor se posara en ellos.
—He estado pensando— le dijo el joven abogado— que a lo mejor hoy, siendo viernes, te apetecía tomarte una copa conmigo.
—¿Tu novia no está?— le dijo ella regalándole su sonrisa más pícara.
—Por Dris no te preocupes, somos una pareja muy liberal.
***
Mientras se duchaba repasaba mentalmente su ropa, ¿con qué estaría más sexy? Se acordó de un mini-vestido que tenía en color rojo. Con él se veía espléndida, dejaba ver sus piernas por encima de las rodillas y se ceñía a sus caderas marcándolas sensualmente, el escote era asimétrico pudiendo dejar un hombro al aire, cosa que le encantaba hacer y podría ir sin sujetador, puesto que era amplio en la zona de arriba, además sus pechos no eran tan grandes como para tener que ir cautivos con esa prenda.
Se volvió para despedirse de su gato y salió del apartamento.
—Está Ud. muy… apetecible
El comentario del portero no la molestó aunque le pareció que había dicho “apeteciiiiiiible”, casi como devorándola, se giró y le regaló un guiño de ojos, cerró la puerta del portal y se imaginó que esa noche el portero se daría una fiesta con su imagen.
Llamó a un taxi y cuando entró, el olor de sudor agrio invadió su nariz.
—¿Dónde vamos señorita?— le preguntó el orondo taxista girándose para verla y clavando su libidinosa mirada en sus piernas.
Sara le dio las indicaciones oportunas y dirigió su mirada a la ciudad. El taxista comenzó una conversación insustancial con ella que apenas le interesaba.
—Sí señorita, cómo le digo, esta ciudad ya no es lo que era, ahora está llena de delincuentes, estafadores, ladrones, violadores…toda esa escoria que nos afea la gran ciudad que tenemos y por supuesto todos los políticos sin hacer nada. Si como le digo yo a mi parienta, este país lo que necesita es una mano dura…
—Si quiere me puede dejar aquí—el taxista se giró para cobrarle y volver a repasarle sus piernas con la mirada.
Salió apresuradamente del taxi antes de que al orondo se le ocurriera alguna maldad.
Miró la hora, no llegaba puntual pero una mujer se tenía que hacer esperar y, estaba claro que esperarla a ella, bien merecía la pena.
Dos chicos la silbaron, otro se le insinuó de camino a la puerta, otro avisó a su amigo para que la viera y se rieron juntos de la ocurrencia de un tercero y el portero, bueno ni siquiera se molestó en perder tiempo en observarla, algo que llegó a irritarla.
Se abrió paso entre la gente que se agolpaba dentro, buscando a Héctor. La música estridente llenaba todo el recinto, la semi-oscuridad que había dentro no la ayudaba mucho y en más de una ocasión sintió varias manos en su culo, pero ni siquiera se molestó en darse la vuelta para arremeter contra el culpable, puesto que entre tanta gente jamás sabría quien había sido.
Entonces distinguió a Héctor apoyado en la barra, bebiendo algo en un tubo largo y estrecho, mirando para todas partes e imaginó que la buscaba.
—¡Uff!—le dio dos besos acercándose, más bien, pegándose a él todo lo que pudo—Por fin he conseguido llegar, con tanta gente es casi imposible.
Héctor le hizo señas de que apenas la oía, se acercó a decírselo al oído y dejó que el olor de él le embriagara.
Ella se pidió una copa y se acercó a él para decirle una tontería sobre la camarera que él rió, después pasaron a la zona de baile dónde ella empezó a moverse serpenteantemente, rozando su culo por su miembro, provocándole.
Tomaba alguno de los que estaban cerca y bailaba sensualmente con ellos, provocando a Héctor, dejaba que la tomaran entre dos y que pareciera que se la estaban tirando, hasta que él los echó de su lado y se puso a bailar con ella, siendo él quien guiaba sus pasos y él quien buscó su boca.
—¿Por qué no nos vamos?—le susurró al oído.
Ella asintió y salieron del recinto.
Se subieron al Audi R8 de él.
—¿Dónde vamos?
—Si quieres vamos a mi ático, seguramente estaremos más cómodos y no nos molestarán los vecinos.
Ella asintió puesto que no quería volver a ver la cara de salido del portero de su edificio, ni que durante días él pudiera hacerle alguna referencia a ello, tampoco quería que las cotillas de sus vecinas supieran a quien llevaba a su apartamento.
Le volvió a besar, él metió la marcha y luego dejó la mano en su pierna que comenzó a acariciar, subiendo despacio hasta su entrepierna, ella se abría a él dejándose hacer. Primero sintió como su dedo meñique le acariciaba, siendo seguido por los demás, uno de ellos logró apartar parte del tanga para poder introducirse entre sus labios.
Se mordió el labio inferior cerrando los ojos, dejándose llevar por las sensaciones que le llegaban desde su entrepierna, perdiéndose en el placer, olvidándose del mundo y centrándose únicamente en los dedos que la acarician. Se dejaba llevar por los impulsos eléctricos que su clítoris mandaba al resto de su cuerpo, notando como se centraba en su nuca para rodear su cuerpo, lamer sus pechos, centrarse por un instante en sus pezones para bajar veloz, de nuevo, a su entrepierna y volver a uno de sus puntos de placer. Pero antes de poder estallar en un orgasmo habían llegado a su destino.
Héctor abrió la puerta del gran edificio, saludó al portero que no se molestó en levantar la vista de la pequeña televisión que tenía y de la que llegaba el sonido de una película porno, el portero sólo levantó por un segundo una mano y la volvió a dejar caer. Entraron al ascensor entre risas y besos, Héctor accionó la llave hasta su casa y de nuevo, besó a Sara.
Sus manos subieron por las piernas para acomodarlas en las suyas, mientras le besa el cuello, se lo lame, se lo muerde, lo recorre con su lengua y restriega su miembro ya erecto en su entrepierna, haciendo que de nuevo Sara se deje transportar a ese mundo de sensaciones y placer.
Entraron besándose en el piso, dejando llevarse por la pasión y la lujuria. Héctor le provocaba gran placer con sus besos y sus caricias, como ningún otro hombre lo había hecho en tan poco tiempo.
—Menos mal que habéis llegado—una voz de mujer les interrumpió—empezaba a estar aburrida esperándoos.
—¡Hola Dris!—Héctor soltó a Sara para acercarse a ella y darle un beso—Esta es Sara.
Dris se acercó a ella para saludarla y por un segundo, mientas se acercaba, le vio sus ojos alargados, verdes, felinos… ¿tenía la pupila vertical?
Esa mirada escudriñaba su alma, leía sus más ocultos pensamientos, sus secretos oscuros, sus miedos, entraba y salía de los rincones más recónditos de su alma, sabiendo que todo lo que allí se encontraba era íntimo y que con ello podría dominarla.
Cuando sus labios rozaron su piel, ésta se erizó, esos suaves labios la habían transportado al mismo mundo de sensaciones y placer que antes la habían transportado las manos de él… ¡y su perfume! ¡Jamás su nariz había sentido algo tan exquisito, tan placentero! Era una mezcla de numerosas flores, de miles de fragancias, olía a jazmín, a lavanda, a rosas, a bosque, a azufre, a hierba cortada, a lluvia,…
Dris la tomó de una mano y la llevó a un largo sofá blanco, le sirvió una copa y le sonrió.
—Imagino que estarás un poco decepcionada—le habló, era una voz dulce, casi un susurro que le acariciaba, bebió de la copa para calmar su cuerpo — pero cuando Héctor me habló de lo hermosa que eres…yo también quería probarte y es que lleva semanas hablando de ti. —Dris le acarició el cuello, Sara por un instante cerró los ojos volviendo a dejarse llevar por la suavidad de su piel—No te importara que me una a la fiesta, ¿no?
Como respuesta Sara la besó, introdujo suavemente su lengua buscando la de ella, buscando aquella húmeda cavidad, ¡qué bien sabían sus labios! Instintivamente, rodeó su cintura, la atrajo hacía sí para sentir el roce de sus pechos y llevo una de sus manos a recorrer sus piernas para poder volver a sentir la suavidad de aquella piel.
La tumbó sobre el sofá y comenzó a recorrer su cuerpo desde el cuello, bajando despacio, dejando que su nariz se embriagara con el aroma de su piel, desabrochó la blusa que llevaba para poder ver aquellos pechos que antes había sentido y llenarlos por completo de besos y de mordiscos. Lamió su pezón derecho para que se pusiera duro aprisionándolo con sus labios, jugando en él con su lengua, succionándolo, acarició con su mano derecha su otro pecho, jugando con sus dedos en el pezón mientras lo apretaba.
Siguió bajando por su vientre, dejando que fueran sus manos las que jugaran en sus pechos y su lengua quien saboreara su piel, se dejó llenar por su sabor poseída por el placer, aspiró una y otra vez el aroma que desprendía, intentando retenerlo en su memoria. Rozó con la lengua el clítoris, arrancándole un suspiro de placer, recorrió sus labios, llenaba su boca de los sabores que ofrecía su entrepierna bebiendo sus jugos exquisitos.
Una de sus manos la llevo junto a la boca, le rozaba con dos dedos, jugaba con ellos en su punto de placer, le arrancaba más suspiros…ahora convertidos en jadeos. Se abría camino entre sus labios para poder introducir sus dedos en la preciada y húmeda cavidad, posaba su lengua en el clítoris para lamerlo, presionarlo suavemente con sus labios, morderlo, saborearlo eternamente mientras sus dedos se movían dentro de ella. Primero despacio, circular, buscando su punto álgido, para entrar y salir a un ritmo constante, arrancándole aún más jadeos que llenaban toda la estancia.
Dris posa las manos en su cabeza, para aumentar la presión de su boca, para que no deje de lamerla, para que no deje de saborearla.
Héctor observa la escena mientras acaba un cigarro, se excita viendo la imagen de las dos mujeres amándose, viendo cómo se besan, se acarician, cómo sus pechos se rozan. Se acerca a un aparador y toma algo de un cajón que le entrega a Dris. Se acerca a Sara que la levanta para poder quitarle el tanga y darle el mismo placer que ella le da a Dris.
Le lame desde su clítoris hasta la entrada de su ano, acaricia con sus expertos dedos la entrepierna abriéndose paso entre los labios para introducirlos dentro, mientras su lengua juega en su ano, preparándolo para que pueda recibir su falo erecto.
—¿Disfrutas?
La pregunta de Héctor se pierde en la estancia, sin ser respondida por ninguna de ellas, pero él no se deja abatir por la ignorancia hacia su persona por parte de las dos féminas, por lo que libera su falo y lo restriega por la vulva de Sara hasta la entrada de su ano, donde despacio y ya lubricado, lo introduce poco a poco, sintiendo como los esfínteres de ella se relajan para ser profanados por él.
Sara se deja por un momento de lamer el clítoris de Dris para que pueda escapar de su garganta un nuevo suspiro de placer, mientras siente como Héctor comienza a introducirse en ella. Dris toma el consolador doble que antes le había proporcionado Héctor y se lo introduce, incitando a Sara a tomar la otra parte.
Sara comienza a moverse, dominada por los embistes que Héctor le proporciona y se deja llevar por el placer que le embarga ver lo que Dris disfruta. Llena sus pechos de nuevos besos, busca su boca para acallar sus gemidos, mueve sus dedos en su clítoris y siente las manos de él jugar en sus pechos, mezclándose con la lengua de Dris y trasportándola a un lugar de placer no alcanzado anteriormente.
Nota como las embestidas de él aumentan en ritmo, haciendo que sus dedos también aceleren su movimiento, observa el cuerpo de Dris en esa descarga eléctrica que proporciona el orgasmo para acabar ella también gritando de puro placer.
Héctor sale de dentro de ella, se quita el consolador y besa levemente a Dris.
—¿Te encuentras bien?
La pregunta de Dris viene acompañada por la oscuridad.
***
Poco a poco le llegan unos susurros antes de que sus ojos se abran, se nota encima de algo duro, ¿el suelo quizás?, ¿se ha desmayado? No recuerda haber bebido tanto como para perder la conciencia. Le llega un olor amargo y fuerte…parece…¡¡azufre!!
Sus ojos se abren rápidamente llenos de sorpresa, ve a Héctor ataviado con una túnica negra y moviendo la cabeza puede ver a…¡no! Esa no es Dris, es un demonio de color bermellón, de la sien le salían dos grandes cuernos retorcidos hacía arriba, sus ojos se habían vuelto color amarillo y ahora sí que se le veía la pupila alargada verticalmente. No llevaba ropa, ni siquiera una túnica negra como él, pero su cuerpo estaba lleno de cicatrices, tatuajes y extraños símbolos marcados a fuego.
—¡Dris ya siento que él se acerca!—clamó Héctor.
—Mammón, mi señor, esta criatura superficial, corrompida por el pecado de la avaricia y acariciada por el pecado de la lujuria —hablaba Dris a la nada— te es entregada por este mortal para que le ayudes en sus sueños de ambición, con el alma de ella y la de él cuando llegue el momento…se cierra el trato.
Entonces aquellos ojos llenos de violencia, de ira, que se introducían dentro de los pensamientos de Sara, que le arrebataban toda esperanza, todo atisbo de salvación, que le abrasaban desde esa parte de ella que llamaban algunos alma…llenaban todo.
***
—Tu nuevo nombre será Ëstràel—le dijo su señor posando sus avariciosas manos en sus nalgas— Isdrel te ha enseñado bien, además mandarte junto a mi hermano Asmodeo ha sido buena idea, así también has aprendido de la lujuria y lo podrás usar con los mortales.
—Sí, mi señor— Ëstràel, conocida como mortal por Sara, sabe ser sumisa frente a su señor y acata las órdenes de éste como ha aprendido a base de las más oscuras torturas despejándole de la poca humanidad que le quedaba cuando llegó —¿Si queréis os puedo mostrar todo lo que aprendí con vuestro hermano?
Mammón sonríe complacido frente a ella, sabe que Dris sólo escoge a las mejores entre las mortales y que aquél cuerpo le atraerá todas las almas que ambiciona.
Deja que sea ella quien le quite sus atuendos majestuosos, deja que sea ella misma quien tome su falo ardiente y lo tome entre sus carnosos labios para proporcionarle una suculenta felación, deja que sea ella quien espere a recibir su abrasador semen, pero será él quien la tomará y probará, antes de que la deja marchar a buscar esas almas ambicionadas.



La imagen que ilustra este relato pertenece a Marta Dahlig

Pompeya erótica

Todos conocemos la catastrófica historia de esta ciudad, como el Vesubio nos la dejó inmortalizada un 24 de Agosto del año 79 d.C., cómo a lo largo de diferentes excavaciones se han encontrado grandes frescos, personas convertidas en esculturas algunas de ellas huyendo de la lava, grandes edificios “congelados”…
Un sinfín de muestras, objetos, personas, etc. de lo que era la vida cotidiana de aquella época, lo que no todo el mundo sabe es que en Pompeya había frescos y “grafitis” eróticos.
Se encontraron en las llamadas “Termas del placer”, una mezcla de terma (tan importante en aquella época) y prostíbulo. En aquella época la prostitución era completamente legal, siendo las esclavas venidas de Grecia las que más abundaban y sobre las puertas de los cubículos aún se pueden leer los nombres de algunos clientes o incluso la especialidad de la prostituta.
Podemos encontrar escenas de todo tipo puesto que en aquella época no se tenían tantos tabús referentes al sexo, por la red he encontrado las siguiente imágenes aunque no puedo asegurar que todas sean de Pompeya.